
En el Lunario del Auditorio Nacional, Aranza volvió a demostrar por qué es una de las voces más privilegiadas y, a la vez, más incomprensiblemente subvaloradas de la música mexicana. En su segunda presentación, con un público que desbordaba euforia y emoción, la cantante lo conquistó con un recital de más de dos horas y media que se sintió como un viaje íntimo y vibrante al mismo tiempo.
Dueña de un timbre inconfundible, una técnica impecable y un porte que llena cualquier escenario, Aranza se plantó frente a la audiencia con la seguridad de quien sabe que está entregando arte de la más alta calidad. Su dominio vocal —capaz de recorrer matices de sutileza y explosión con la misma maestría— arrancó ovaciones de pie una y otra vez.
Uno de los momentos más celebrados llegó con el popurrí dedicado a Yuri, donde Aranza rindió homenaje a la veracruzana imprimiendo su sello personal y recordando que, como pocas, sabe interpretar con garra y sentimiento. No faltó su emblemático tema “Dime”, que desató una ola de nostalgia y coreo generalizado, demostrando que, pese al paso de los años, su música sigue intacta en el corazón del público. El tributo a su maestro Armando Manzanero, a través de un popurrí de boleros, fue simplemente magistral: delicado, elegante y lleno de respeto hacia la memoria del gran compositor yucateco.
El público, completamente entregado, no dejó que la velada terminara ahí. Entre aplausos ensordecedores y ovaciones de pie, Aranza tuvo que regresar al escenario en dos ocasiones más, regalando momentos aún más memorables y mostrando la generosidad artística que la caracteriza. Lo que estaba programado como un show se transformó en una celebración de dos horas y media que supo a poco.

Foto: Sokol


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